El síndrome del (mal) jefe… (o por qué a veces no conectamos con los demás)

No lo leas, escúchalo.

En esta entrada os invitamos a reflexionar sobre una serie de actitudes, comportamientos y formas de pensar con las que nos encontramos a menudo en nuestra vida cotidiana, probablemente más de lo que nos gustaría. En ocasiones, las sufrimos; en otras (seguramente sin darnos cuenta), nosotros mismos somos el origen de ellas. Por eso incluimos en la propuesta la autoobservación… ¿estaremos cayendo en la trampa del “síndrome del jefe” sin darnos cuenta?

Este conjunto de síntomas no tiene por qué darse exclusivamente en el ámbito laboral, aunque es probable que nos hayamos encontrado con un jefe así más de una vez. De hecho, tiene algunos puntos en común con el “síndrome de Hubris”, o adicción al poder; pero no es necesario llegar a los delirios de grandeza propios de dicha adicción para que determinadas actitudes interfieran en nuestras relaciones cotidianas.

Así pues, ¿en qué consiste el “síndrome del jefe”? Ahí van sus principales características:

– La creencia central de que yo sé más que nadie de, prácticamente, cualquier tema.

– No escuchar a los demás. Total, si sé más que nadie, ¿qué me pueden aportar los otros?

– Repetir mis ideas como un mantra, en bucle. Da igual si lo que digo o lo que pienso es relevante en la conversación o si la persona con la que estoy dialogando está interesada en ello.

– Otra creencia nuclear: los demás nunca hacen las cosas bien porque nunca las hacen como hay que hacerlas (es decir, como yo las hago).

– El asunto en cuestión que estemos tratando me preocupa a mí más que a nadie, por lo que si no me encargo yo de ello, no va a salir bien. “O lo hago yo o no lo hace nadie”.

Estas pautas de relación están marcadas por un factor común: la dificultad para ponernos en el lugar de los demás. Y se acentúan en situaciones de estrés cotidiano. Por eso es frecuente que, de forma inconsciente, nos estemos comportando de esta forma con nuestra pareja, con otros familiares, amigos, compañeros de trabajo… y que en ocasiones una simple conversación acabe en una discusión acalorada.

¿Qué podemos hacer para evitar estas actitudes y mejorar nuestras relaciones personales? Lo primero, darnos cuenta de ellas mediante la autoobservación cuando interactuamos con los demás. Y después, entrenar algunas habilidades sociales que nos pueden ayudar. Aquí van algunas:

1- Autoanálisis: ¿cuánto sé yo realmente del tema que estamos tratando? ¿Hasta dónde me puedo lanzar a la piscina a la hora de opinar?

2- Escucha activa: respira y focaliza tu atención en las palabras, gestos, tono de voz… que está utilizando la otra persona. Mírala a los ojos. Evita pensar sólo en la respuesta que vas a dar tú porque entonces dejarás de escuchar.

3- Flexibilidad: nadie cuestiona que tus ideas sean buenas. Pero, ¿se adaptan bien a la situación que estás abordando? Ser un poco flexible no viene mal. Si has escuchado atentamente (paso 2) puede que de ahí saques ideas que enriquezcan las tuyas.

4- Tolerancia al error: si hemos aplicado bien el paso 3 nos daremos cuenta de que hay distintas formas de hacer las cosas. Pero es que, además… ¡a veces nos equivocamos! ¡Y la mayoría de las veces no pasa nada catastrófico! ¿Cuánto te permites equivocarte? Cuanto más tolerante eres con tus errores, más lo serás con los de los demás. Como dice un viejo proverbio chino: “Si un problema tiene solución, ¿por qué te preocupas? Y si el problema no tiene solución, ¿por qué te preocupas?

5- Empatía: tampoco dudamos que cuando algo te preocupa, te preocupa mucho, incluso más que a nadie. Pero si hay otra persona implicada, probablemente también le interese solucionarlo. Sólo por eso, merece la pena que te pongas en su lugar y trates de entender las razones de su preocupación.

En resumen, practiquemos lo que Daniel J. Siegel, en su obra “Mindsiht” llama el “trípode de la reflexión”: apertura, observación y objetividad. Es una buena forma de ampliar nuestra visión del mundo que nos rodea para sentirnos mejor con nosotros mismos y, de esta forma, enriquecer nuestras relaciones.

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